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| La gente se
sorprende cuando descubre que mi única afición verdadera, además del
desayuno diario de patilla con queso blanco, es resolver
crucigramas. Algunos piensan que los crucigramas son una tortura
china, otros creen que se trata de una actividad cultural y no
faltan los que se imaginan que hay maneras menos idiotas de perder
el tiempo |
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Todo eso es
una exageración. Los crucigramas son un simple entretenimiento, como
cualquiera otro, pero menos peligroso que el fútbol y más barato que
el póker. Además de ser divertidos, y provocadores, los crucigramas
permiten que uno le pierda el miedo reverencial al lenguaje y lo
trate con la confianza de un camarada. Las palabras son divertidas
cuando uno las convierte en juguete o en acertijo. También son
cariñosas. Y se ríen con buena salud porque tienen sentido del
humor, al contrario de lo pasa con la actual campaña política, que
no es una diversión, sino un rompecabezas. |
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Todo eso es una
exageración. Los crucigramas son un simple entretenimiento, como
cualquiera otro, pero menos peligroso que el fútbol y más barato que
el póker. Además de ser divertidos, y provocadores, los crucigramas
permiten que uno le pierda el miedo reverencial al lenguaje y lo
trate con la confianza de un camarada. Las palabras son divertidas
cuando uno las convierte en juguete o en acertijo. También son
cariñosas. Y se ríen con buena salud porque tienen sentido del
humor, al contrario de lo pasa con la actual campaña política, que
no es una diversión, sino un rompecabezas.
El año pasado, en una revista de crucigramas, encontré varios
retruécanos y un desafío para que cada lector inventara otros por su
propia cuenta. Los retruécanos, como lo sabe mejor que nadie el
pueblo bogotano, que es campeón mundial en esa disciplina del
ingenio, no son más que juego de palabras, charadas del idioma,
piruetas verbales, malabares que se hacen lanzando las palabras al
aire, volteretas de la inteligencia, maromas del diccionario. Son
pequeñas joyas de la gracia y el talento. Los franceses inventaron
el retruécano y lo llamaron calembour.
Colecciono retruécanos desde hace mucho tiempo, con un exigente
criterio selectivo, y tengo de ellos un pequeño museo perdido entre
el desorden de mis papeles. Algunos son de mi propia cosecha, otros
debo haberlos leído o escuchado en alguna parte, no faltará el que
sea una mezcla de ambas cosas, y el resto no estoy seguro ni de lo
uno ni de lo otro. |
Y mi bosque
madura,
Y mi voz que madura,
Y mi voz quemadura,
Y mi voz, qué madura,
Y mi voz quema, dura.
Mi ahijado, que se acaba de casar con una muchacha inteligente y
bonita, y que, en consecuencia, tiene motivos para saber lo que
afirma, aporta uno de su caletre al regreso de la luna de miel:
El amor lo cura todo.
El amor: locura todo.
Él, amor, lo cura todo.
Pero confieso que a mí me gustan más los retruécanos que están
escritos en prosa, porque se sienten menos cohibidos, se permiten
más libertades y tienen una mayor desenvoltura. En prosa son más
traviesos. Ahí va, pues, una muestra gratis, necesariamente
lacónica, que comienza con un diálogo imaginario de cuya paternidad
irresponsable me siento francamente orgulloso:
**-No se le parece.
-No, se le parece.
-No sé, ¿Le parece?
**Roza tu pelo la rosa. Rosa, tu pelo la roza.
**Ató dos palos. A todos, palos.
**Si el rey no muere, el reino muere.
**Quien amaría a María, a María amaría.
**Y los cruzados ayudaron al Papa. Hilos cruzados ayudaron al Papa.
**¿Cristo está? No, ha resucitado.
**Cristo está. No ha resucitado.
**¿Cristo está? ¿No? Ha resucitado.
No es un elogio, ni mucho menos: es la verdad. No es un elogio, ni
mucho menos es la verdad.
Y para terminar por hoy -como dicen los malos cantantes- le presento
al respetable público una melodía de mi propia inspiración. La
historia verídica se refiere a un amigo mío de Girardot, llamado
Luis Eduardo Mata Rosas, a quien con esos apellidos la vida condenó,
naturalmente, a ser jardinero. Una tarde de septiembre pasado, Mata
intentaba cortar unos rosales paliduchos con una tijera de podar. Mi
mujer, iracunda, estuvo a punto de castrarlo con ella misma. Yo, que
veía aquel zaperoque desde la prudente distancia que aconseja la
cautela, escribí estas líneas en un cuaderno escolar:
-¿Mata mata la mata?
-La mata.
-¿La mata o la mató?
-Tómala, o la mata.
-La mató. Mátalo.
-¿Lo mato a Mata?
-O átalo a la mata |
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