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Todas las
tardes la hija de Inaco se llama Io, Aar es el río de Suiza,
Somerset Maugham ha escrito La luna y seis peniques y Philip
Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? El símbolo
químico del oro es Au, Ravel ha compuesto el Bolero y hay
puntos y rayas que indican letras. Insípido es soso, las
iniciales del asesino de Lincoln son JWB, las casas de campo
de los jerarcas rusos son dachas, Puskas es un gran
futbolista húngaro, Veronica Lake es una famosa femme fatale
, héroe de Calama es Avaroa y la palabra clave de Ciudadano
Kane es Rosebud. Todas las tardes Benjamín Laredo revisa
diccionarios, enciclopedias y trabajos pasados para crear el
crucigrama que saldrá al día siguiente en El Heraldo de
Piedras Blancas. Es una rutina que ya dura veinticuatro
años: después del almuerzo, Laredo se pone un apretado terno
negro, camisa de seda blanca, corbata de moño rojo y zapatos
de charol que brillan como los charcos en las calles después
de una noche de lluvia. Se perfuma, afeita y peina con
gomina, y luego se encierra en su escritorio con una botella
de vino tinto y el concierto de violín de Mendelssohn en el
estéreo para, con una caja de lápices Staedtler de punta
fina, cruzar palabras en líneas horizontales y verticales,
junto a fotos en blanco y negro de políticos, artistas y
edificios célebres. Una frase serpentea a lo largo y ancho
del cuadrado, la de Oscar Wilde la más usada, Puedo resistir
a todo menos a las tentaciones. Una de Borges es la favorita
del momento: He cometido el peor de los pecados: no fui
feliz. ¡Preclara belleza de lo que se va creando ante
nuestros ojos nunca cansados de sorprenderse! ¡Maravilla de
la novedad en la repetición! ¡Pasmo ante el acto siempre
igual y siempre nuevo!
Sentado en la silla de nogal que le ha causado un dolor
crónico en la espalda, royendo la madera astillada del
lápiz, Laredo se enfrenta al rectángulo de papel bond con
urgencia, como si en éste se encontrara oculto en su basta
claridad, el mensaje cifrado de su destino. Hay momentos en
que las palabras se resisten a entrelazarse, en que un dato
orográfico no quiere combinar con el sinónimo de
impertérrito. Laredo apura su vino y mira hacia las paredes.
Quienes pueden ayudarlo están ahí, en fotos de papel sepia
que parecen gastarse de tanto ser observadas, un marco de
plata bruñida al lado de otro atiborrando los cuatro
costados y dejando apenas un espacio para un marco más:
Wilhelm Kundt, el alemán de la nariz quebrada (la gente que
hace crucigramas es muy apasionada), el fugitivo nazi que en
menos de dos años en Piedras Blancas se inventó un pasado de
célebre crucigramista gracias a su exuberante dominio del
castellano —decían que era tan esquelético porque sólo
devoraba páginas de diccionarios de etimologías en el
desayuno, almorzaba sinónimos y antónimos, cenaba galicismos
y neologismos—; Federico Carrasco, de asombroso parecido con
Fred Astaire, que descendió en la locura al creerse Joyce e
intentara hacer de sus crucigramas reducidas versiones de
Finnegans Wake; Luisa Laredo, su madre alcohólica, que debió
usar el seudónimo de Benjamín Laredo para que sus
crucigramas abundantes en despreciada flora y fauna y
olvidadas artistas pudieran ganar aceptación y prestigio en
Tierras Blancas; su madre, que lo había criado sola (al
enterarse del embarazo, el padre de dieciséis años huyó en
tren y no se supo más de él), y que, al descubrir que a los
cinco años él ya sabía que agarradera era asa y tasca bar,
le había prohibido que hiciera sus crucigramas por miedo a
que siguiera su camino. Cansa ser pobre. Tú serás ingeniero.
Pero ella lo había dejado cuando tenía diez, al no poder
resistir un feroz delirium tremens en el que las palabras
cobraban vida y la perseguían como mastines tras la presa.
Todos los días Laredo mira al crucigrama en estado de
crisálida, y luego a las fotos en las paredes. ¿A quién
invocaría hoy? ¿Necesitaba la precisión de Kundt? Piedra
labrada con que se forman los arcos o bóvedas, seis letras.
¿El dato entre arcano y esotérico de Carrasco?
Cinematográfico de John Ford en El Fugitivo, ocho letras.
¿La diligencia de su madre para dar un lugar a aquello que
se dejaba de lado? Preceptora de Isabel la Católica, autora
de unos comentarios a la obra de Aristóteles, siete letras.
Alguien siempre dirige su mano tiznada de carbón al
diccionario y enciclopedia correctos (sus preferidos, el de
María Moliner, con sus bordes garabateados, y la
Enciclopedia Británica desactualizada pero capaz de
informarlo de árboles caducifolios y juegos de cartas en la
alta edad media), y luego ocurre la alquimia verbal y esas
palabras yaciendo incongruentes una al lado de otra
-dictador cubano de los 50, planta dicotiledónea de Centro
América, deidad de los indios Mohauks-, de pronto cobran
sentido y parecen nacidas para estar una al lado de la otra.
Después, Laredo camina las siete cuadras que separan su casa
del rústico edificio de El Heraldo, y entrega el crucigrama
a la secretaria de redacción, en un sobre lacrado que no
puede ser abierto hasta minutos antes de ser colocado en la
página A14. La secretaria, una cuarentona de camisas
floreadas y lentes de cristales negros e inmensos como
tarántulas dormidas, le dice cada vez que puede que sus
obras son joyas para guardar en el alhajero de los
recuerdos, y que ella hace unos tallarines con pollo para
chuparse los dedos, y a él no le vendría mal un paréntesis
en su admirable labor. Laredo murmura unas disculpas, y mira
al suelo. Desde que su primera y única novia lo dejó a los
dieciocho años por un muy premiado poeta maldito -o, como él
prefería llamarlo, un maldito poeta-, Laredo se había pasado
la vida mirando al suelo cuando tenía alguna mujer cerca
suyo. Su natural timidez se hizo más pronunciada, y se
recluyó en una vida solitaria, dedicada a sus estudios de
arqueología (abandonados al tercer año) y al laberinto
intelectual de los crucigramas. La última década pudo
haberse aprovechado de su fama en algunas ocasiones, pero no
lo hizo porque él, ante todo, era un hombre muy ético.
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